Berlín es solo una ciudad

Despojarme de los apegos es mi gran asignatura pendiente, sobre todo ahora que sé que elegí pocos cambios de los que asumí como míos. Fue el destino, otra persona, la circunstancia. Yo qué sé. Me gustan los cambios pero me aterran los cambios, ¿eso puede ser? Será que no sentí miedo cuando eran alivio o cuando no quedó más remedio que asimilarlos por pura supervivencia. No concibo ir de bien a mejor, tan solo renacer, escapar, resistir. La maldita mentalidad de pobre, también aquí.

Llevo tiempo intentando soltar. Demasiado tiempo. Tanto es así que casi me conformo con cualquier cosa: a veces el cuerpo te pide mover ficha y simplemente haces lo que puedes. Lo sé porque yo he sido esa ficha que se quedó fuera del tablero cuando las cosas a su alrededor se pusieron feas. Lo sé porque yo también lo hice por cautela o por simple destrucción.

Siempre algo se queda por el camino: a veces termina en la basura y, otras, simplemente se transforma en algo que ya no duele. Como Berlín que, desde hoy, es solo una ciudad.


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