Hasta cuándo

La sensación de estar perdiendo el tiempo es terrible. Hasta hace poco – un par de años, como mucho – apenas le había prestado atención. Los días eran infinitos, los veranos eternos y siempre-siempre-siempre estaba todo por hacer.

Hoy volvía del gimnasio a mediodía, corriendo – como voy a todas partes – con el estómago vacío y la prisa de tener que volver inmediatamente al trabajo cuando lo sentí: las tardes de primavera. Hay algo en el olor, en la luz, incluso en la mirada de la gente (ya no sé si en sus sonrisas), pero hay algo distinto. La esperanza del verano, la superación del invierno, el disfrute de la que siempre ha sido y será la mejor época del año. Hay algo tan liviano, tan delicado, tan sublime en estos días que es casi imposible no permitir que penetre. Incluso en este maldito 2021. Incluso ahora, de alguna manera extraña e incomprensible, cala un atisbo de optimismo.

Me comentaba esta mañana una amiga cómo se entremezclan últimamente la alegría y la tristeza. Necesitamos – de verdad, necesitamos – pensar que la luz al final del túnel se acerca, que volverán los abrazos, las fiestas, los labios pintados y las barras del bar. Y a la vez, qué condena llevamos, qué escarmiento innecesario, qué manera de perderlo todo sin tener nada.

¿Te acuerdas cuando una cerveza al sol el viernes te parecía la ostia y al a vez puñeteramente alienante? Nos hemos quedado a vivir en ese momento, tan simple, tan agradecido, tan vulnerable. Y así, hasta cuándo. Hasta cuándo.


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