Ni letra pequeña

Creo tanto en las casualidades que a veces me las invento con tal de tener la excusa de huir hacia adelante. Imagino que la sensación antes de hacer un salto controlado desde un puente debe de ser parecida: qué vértigo, qué miedo, quién me mandará, tengo que saltar, no quiero hacerlo, salto, ya estoy saltando, ¿moriré en el intento?, qué pasada. Ese último momento, esa fiesta de adrenalina, tiene que justificar todo lo anterior – al menos si te quedan ganas de volver a saltar.

Yo siempre tengo ganas de quedarme. Esa es la verdad. Fantaseo muchas veces con tener mi casa, mi pareja, mi trabajo estable. Nuestro restaurante favorito. La semana de vacaciones en agosto. Las cortinas del salón. La manera de referirte a algo que sabes que es seguro, que no es susceptible de volar por los aires a la menor. La confianza en que, por una vez, todo saldrá bien de verdad. Que no hay cara b, ni letra pequeña, ni por si acasos. Que se puede bajar la guardia, descansar, abandonar la partida. No quiero jugar más: quiero estar tranquila.

Puedo acostumbrarme a los saltos al vacío, pero no a la decadencia, no a la soledad, no a la maldita manera que tenemos a veces de hacernos daño. Es más agotador esperar a ver cómo todo se va a la mierda que empezar de 0. No soy capaz ahora mismo de sujetarme a mí misma: solo quiero encontrar un lugar del que no quiera salir corriendo cada cinco minutos.


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