Mis propios trozos

Es junio y hace frío en Madrid. Llevo muchos junios aquí y no recuerdo ninguno que me obligara a cerrar la ventana, ponerme calcetines y hacerme una infusión. Me gusta esta especie de verano norteño. Me hace sentir extrañamente en casa y extrañamente a gusto. Cada vez soy más ermitaña y me castigo menos por querer la vida que tengo. En realidad no es muy diferente a lo que imaginé de niña ni a lo que me marqué como objetivo hace unos años.

Me da por pensar que en esas imaginaciones idiotas se me olvidó añadir un par detalles con los que ahora me torturo, pero no puedo ponerme una hoja de reclamaciones a mí misma. No estoy segura de estar donde estoy gracias a una visualización, así que ni siquiera puedo echarme en cara no haber pensado esto de otra manera. Más bien me pregunto si es posible sobrescribir la historia o se trata de un guion ya cerrado.

También pienso en los obstáculos del camino porque he decidido hablarme en clave de superación. Por supuesto que hubo decepciones, hubo desprecio y burla. Cuántas veces me rompieron. Cuántas veces me rompí. Quiero creer que todos esos trozos – mis propios trozos – que una vez me asfixiaron, ahora son solo un manto de recuerdos que solo duelen cuando va a llover. Como hoy.


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