La llave

Una noche me dijo que tenía que encontrar la llave. Que cuando la consiguiera no se cerraría ninguna puerta. Odié profundamente que me hablara en esos términos, pero es que aquella noche encontré una llave en el suelo de la calle y no pude hacer otra cosa que cogerla y guardarla en el bolsillo. Siempre que rescato aquella vieja cazadora y meto las manos en los bolsillos me alegro de encontrarla y me siento más cerca de mí misma. Recuerdo con el mismo escepticismo con el que conservé aquella llave quién era yo en aquel entonces.

Hace unos años, una noche de un calor insoportable, otra persona me habló por teléfono de una llave. No me podía creer que otra vez fuera víctima de tan burda metáfora. Me hablaba desde la superación, desde la confianza en que todas las historias se desarrollan de la misma manera, con la seguridad de que yo también buscaría la llave para salir de mi propia jaula.

No sucedió: la jaula, en realidad, estaba abierta. Siempre lo estuvo. Nunca he sido de encerrarme (hasta ahora). Sentirse más a gusto dentro de la jaula que fuera es definitivamente un problema, pero es que la libertad a veces asusta más que cualquier cautiverio. Saber que puedes llegar hasta donde te propongas y, sin embargo, no poder, no tener los medios, no tener las ganas. Las putas ganas: ojalá se pudieran comprar.


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