A veranear

Hacía un calor insoportable cuando “decidí” venir al mundo. Era casi medianoche y mis padres tuvieron que elegir la fecha que más les gustaba para mí. Los dos patitos. La magia de la oscuridad estival. Lo inesperado pero feliz.

Fue mi primer cuento. Sin embargo, durante todos estos años mis padres olvidaron decirme que, además, quienes nacemos en estas fechas venimos a la vida, por definición, a veranear.

Durante años vi cómo los niños y niñas del verano no teníamos un cumpleaños popular. La experiencia de cumplir años era totalmente diferente a lo que se veía durante el curso, con las fiestas, las canciones, la celebración en compañía.

Esa percepción me caló tan hondo que de alguna manera y ya de más mayor, empecé a asociar el verano con la tristeza. Me dejé arrastrar, como tantas veces, por el sentimiento de abandono. Qué difícil es prescindir de las capas que has dejado que te definan.

Es verdad que lo que abriga en invierno en verano sobra. Pasa con los abrigos, las mantas y la soledad. Con el sol, el calor y la luz se ve todo tan claro que asusta. Pero yo ya no tengo miedo: he venido a veranear.


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