Adiós, luz

Las primeras señales de la primavera siempre son discretas. Una flor que se adelanta y brota un poco antes que las demás, el atardecer que de repente se alarga, ese momento en el que eliges una prenda exterior más ligera que el abrigo o que no hace frío al salir de la cama ni en las casas sin calefacción. Esos momentos huelen a verano, a alegría, a luz y a trivialidad. Hay algo entonces que nos invita a soltar la tristeza, a recuperar la esperanza, a salir de la cueva para, por fin, ver.

De la misma manera disfruto ahora mismo de la vuelta a la oscuridad y al frío, al recogimiento y a la lluvia. Me fascinan los cambios, qué le voy a hacer. Hay un extraño silencio en casa que contrasta con el jaleo de la calle que vivo de manera ajena. Ya no va conmigo esa vida con prisas del metro y los atascos. Pero igualmente se ha terminado el recreo que es el verano y yo también vuelvo a ser una hormiguita aferrada a una normalidad extraña que promete cierta evasión del caos ajeno y personal.

Siento cierto alivio de poder vivir unos meses sin la presión de perseguir sueños estivales que no me pertenecen mientras atesoro los momentos que durante la temporada de luz me han hecho sentir feliz. Serán mi refugio en estos meses de tinieblas.


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